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Me gusta Adam Lambert. Lo reconozco. Y no sólo porque me pongan muchísimo sus ojos azules, sus labios besucones, su pelazo duro y moldeable tanto como exija el estilista y sus cachetitos de hombre a medio madurar. Adivino que tras su fascinante vestuario de cueros y otros negros, se esconde un cuerpo cada vez mejor labrado y esa lengua que no se censura en mostrar cada vez que hace falta y cuando no hace falta también, me eriza los pezones fantaseando con que juguetea con ellos.
Superado ligeramente el calentón del primer párrafo, me gusta Adam Lambert porque salió del armario sin empujones, y antes de lanzar su primer estupendo disco tuvo el coraje, sin dramas, de contar que es gay y que eso no tiene mayor o menor importancia en su carrera. El es cantante, y parece que a su legión de fans, chicos y chicas, su homosexualidad se las pela. Los gays enloquecen porque saben, viéndolo sobre el escenario, que con ese pasivo, eventualmente, podrían tener opciones, y a las niñas del siglo XXI les da exactamente lo mismo lo que coma tras la cena porque lo encuentran igual ‘sexy as hell’.
Lambert no es recién llegado. Como todo angelino, llevaba años de casting en casting buscando el modo de sacar adelante sus sueños. Tanto que cinco años atrás, y aprovechando que es Navidad y tal os pongo vídeo, puso un bozarrón vozarrón donde un cantante siempre se la juega más: a pulmón abierto y sobre el escenario. Tras el salto, como digo, Adam Lambert como Joshua en el musical ‘Los Diez Mandamientos’, con todos sus ojos, su precioso pelo, toda su voz… y esa lengua (ay esa lengua), fuera.
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