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Para aquellos que hemos nacido cara al mar y que de pequeños llegábamos a casa regando el pasillo de la arena que siempre quedaba en las sandalias para desesperación de mamá, la playa tiene un significado muy especial, porque de siempre ha marcado nuestras vidas. ¿Será por eso que las pocas veces que he vivido en una ciudad sin vistas al océano, he tenido siempre la imperiosa necesidad de huir?
Sea como sea, gran parte de mi niñez y hasta que dejé Canarias, la playa fue un recurso fijo, como lugar de encuentro, o bien para pista de fondo, o simplemente como remanso para tomarme un break dejándome acariciar por la marea entre turno y turno de clase o de trabajo. Va a ser ese uno de los motivos por los que me siento tan a gusto en la estilizada California. Porque pese a que la mayor parte de las aguas que riegan sus costas son mucho más frias que el mar que acostumbraba a nadar, sin embargo su presencia es una divina constante.
Con todo ese background playero, algunos de mis recuerdos huelen y saben a salitre y duna, a espuma de ola, a par de cuerpos entregados danzando al ritmo de las idas y venidas nocturnas de las mareas. Y es que la playa equivale entre otras cosas a nenes y nenas rindiendo pleitesía al Rey Lorenzo, a tipos pillando olas, tensando el culo para equilibrarse en la tabla, a asaltos a las bajas cuando la marea lo permite, a miradas, a contactos, a exhibición consentida.
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