Para poder votar este post tienes que identificarte o registrarte aquí.
Para votar este post conéctate con Facebook
Connect

El amor es junto al odio el sentimiento más puro que existe. El segundo más vale tenerlo adormecido, balanceando nuestros malos días con válvulas evasivas que nos devuelvan a la realidad sin ambages de que yendo por ahí con él por estandarte, acaba todo yéndose a tomar por culo, en el sentido menos placentero de la expresión. El amor, sin embargo, hay que conjurarlo constantemente. Siempre es bienvenido, siempre constructivo, sólo nos hace avanzar llevándonos a lomos de un suave caballo alado al que estaríamos galopando cada momento de nuestra vida.
La censura es el pariente coñazo del protocolo inconsciente. Nada nos impide demostrarnos cariño salvo la retórica del marcaje de distancia, que como tal retórica es hueca, porque sólo beneficia al ego del que la esgrime. Hueca, histérica e irresponsable. Hay que amar, pero sobre todo, hay que demostrar que se ama, porque un sólo gesto de amor puede salvar una vida en un momento dado, pero con seguridad le salva a cualquiera un día. Y en un mundo que se sigue llevando en gran medida por política de roles, la censura reina, como el miedo, cuando de demostraciones de afecto se trata entre ciertos y ciertos. O sea, que dos hombres se mimen es fuente de habladurías, bromas, codazos cómplices rompedores de rutina a distancia, fuente de inspiración para llenar los insípidos huecos de gente con un nivel de madurez insuficiente.
Leer más