Para poder votar este post tienes que identificarte o registrarte aquí.
Para votar este post conéctate con Facebook
Connect
El ideal para algunos es vivir emparejados. Para otros es todo lo contrario. Quisieran quizás, o alguna vez, por referente familiar, social o qué sé yo, así se lo plantearon, pero hay gente que sirve para vivir en pareja y busca ese estado ideal hasta conseguir la plenitud con la persona menos pensada en el momento más inesperado, o acaban arrastrando su soledad con mayor o menor positivismo, dependiendo de cada cual, de su sentido del humor o de la ironía, de sus motivaciones del día a día, de su signo del zodíaco… Y hay otros que o se rindieron a los 40 encuentros, creyendo que nadie merece sus toneladas de amor porque hasta entonces sólo cosechó decepciones, o que por naturaleza extremadamente independiente no se dejan enredar con nadie, o aquellos de montaña rusa en las que sólo tienen cabida los que resisten sus curvas, velocidad y explosiones de energía.
Mientras tanto, unos en más o menos medida, y otros sin medida alguna, para ir afinando el piano, y porque socializar en la cama es menos glamouroso pero infinitamente más divertido que hacerlo dentro de los límites de los hábitos sociales cotidianamente consentidos, se dedican, o dedicaron, o entre amor eterno que no lo fue y el siguiente que seguro, por Dios, que será, a entregarse al divino arte del forniqueo a diestro y siniestro.
La promiscuidad es pues un hábito común y no censurable en absoluto aunque engancha tanto que algunos quedan prendados a él de por vida y no consiguen, aunque lo intenten, abandonarlo jamás. La variedad constante y la falta de compromiso son un manjar demasiado apetitoso como para soltarlo del mismo modo que se agarró. Por eso la promiscuidad forma parte de la vida de muchos de nosotros de por vida, redundando.
Leer más