
Ayer ví lo que nunca antes. Colas que daban la vuelta a la manzana esperando a comprar una entrada para ver una película independiente. Carteles de ‘Sold Out’ al mediodía hasta la última sesión de la noche. Por fortuna, un buen amigo mío, prevenido por lo que pudiera pasar, me llamó para decirme que o decía que sí, o la otra entrada que había comprado una semana atrás, se la pondría en la mano al primero que pasase por delante suya, para ir a ver juntos ‘Milk’ si le daba una negativa. Pedí día libre en el curro.
La que para mi gusto es ya la mejor película de este año, y no sólo soy yo quien lo dice, ‘Milk’ es, lejos de lo que pudiera parecer, una vez visto su emocionante trailer, no un film épico sobre un personaje fundamental elevado a la categoría de icono insustituible, sino un relato austero sobre la transfiguración y muerte de un hombre que pudo haber elegido una cama compartida con dos amantes, y un negocio ‘divino’ en pleno corazón de Castro, y eligió, sin embargo, sumergirse de lleno en el compromiso de luchar, frente a una hostilidad extrema, por los derechos de los homosexuales. Qué curioso resulta que 30 años después de los sucesos acaecidos durante sus 11 meses como Supervisor en el Ayuntamiento de San Francisco, estos parecen un reflejo casi idéntico a los momentos que estamos viviendo ahora, Proposición 8 inclusive.


