
No se habla de otra cosa en las noticias del espectáculo hoy: The Dark Knight, el retorno de Batman, el último papel protagónico de Heath Ledger como el antagónigo Joker, es una maravilla, y está destrozando las taquillas.
Si en su primera noche, en una sóla sesión, la película de Christopher Nolan vendió más de 18 millones de dólares en entradas, el día siguiente, viernes, día laborable por cierto, ha logrado más de 66 millones de dólares. En ambos casos se ha convertido en la película más taquillera de la historia en una primera sesión y en un primer día. Sin saberse aún cuánto hará de aquí al fin del domingo, aunque las primeras estimaciones marean, y por supuesto cuánto acumulará hasta que acabe su vida comercial en la pantalla grande, el éxito de la película está siendo un réquiem sordo de ovaciones de respeto y agradecimiento, según apuntan analistas y críticos, al último gran trabajo actoral del fallecido protagonista de Brokeback Mountain.
El Joker de Ledger es antológico, dicen, insuperable según otros. Trágico, genial, terrorífico, malsano, histérico, intensísimo, colmado de matices en las muecas, en la dicción, en la mímica. En la mejor tradición de los más grandes, de los que se dejaron fagocitar por sus personajes, Heath Ledger desaparece dentro de su papel.








Fabio Cannavaro es de esa clase de hombres por los que más de dos perderían la cabeza. Yo la perdería si lo tuviera al lado mío, de compañero de trabajo, por ejemplo, día tras día. Porque Cannavaro está bueno de verdad, y como todo deportista de élite que tiene que mover mucho las piernas para cubrirse el pecho de medallas y ganarse la devoción de su director de banco, el italiano se gasta un culazo que bien merece un “sí quiero” de por vida. De por vida deportiva al menos. Es lo que tiene ser foco de atención del tipo que sea, Fabito, que se acaba siendo como un plato de sushi en el escaparate de un restaurante japonés. Si estás bien expuesto, estás para, cómo diría… para que se interesen por tí, vaya. No vayas a culparnos por ello.

