Para poder votar este post tienes que identificarte o registrarte aquí.
Para votar este post conéctate con Facebook
Connect

Este año, Hollywood está dando palmitas con las orejas. En plena crisis económica, y tras una larguísima huelga de guionistas que trajo de cabeza a demasiada gente y dejó a Hollywood y su corte exhibicionista a media luz, afectando hasta a los fogones del Spago, el verano ha llenado de dinero las arcas de la Industria más novelera del Sur de California. Ya se sabe, en tiempos de crisis, de cualquier crisis, la sed de evasión y de sumergirse en mundos de fantasía que hagan olvidar por un momento los feos campos criaderos de ethanol y los peores de las negaciones crediticias por parte de los ahora acojonados bancos… whatever.
El caso es que Indiana Jones ha vuelto, con más arrugas y más simplón que nunca, gracias lo segundo a la chochez imparable del imperativo George Lucas. Así y todo, el ejercicio de nostalgia ha funcionado, y cualquier pero ha importado un pito. Wall-E nos ha hecho creer que va a ser que sí, que podemos amar a robots, aunque estos sean feos y muy bajitos. Meryl Streep ha vuelto a demostrar por qué con un pie en los 60 sigue siendo la reina indiscutible de Hollywood, dando brincos en la irregular pero deliciosamente campy Mamma Mia!, y Heath Ledger ha reinado sobre todos ellos, más allá de ataduras terrenales, comiéndose con patatas a los morbosísimos Christian Bale y Aaron Eckhart en El Caballero Oscuro.
Pero si hay un señor para el que este año ha sido importante de veras, ese es uno que se revolcó en los infiernos del exceso hasta casi desaperecer de todas las maneras: Robert Downey Jr. Un tipo que probó de todo y se quedó con lo que finalmente le pareció más rentable, más sabroso, más atractivo, más lo que sea. Pasó de Amy Winehouse del celuloide a recuperadísima gran estrella, y si hacemos caso a sus declaraciones, ciertas o en falso, a la heterosexualidad, después de haberse declarado a sí mismo un “bisexual excéntrico”, o algo así... Vaya con Iron Man.
Leer más