Fabio Cannavaro es de esa clase de hombres por los que más de dos perderían la cabeza. Yo la perdería si lo tuviera al lado mío, de compañero de trabajo, por ejemplo, día tras día. Porque Cannavaro está bueno de verdad, y como todo deportista de élite que tiene que mover mucho las piernas para cubrirse el pecho de medallas y ganarse la devoción de su director de banco, el italiano se gasta un culazo que bien merece un “sí quiero” de por vida. De por vida deportiva al menos. Es lo que tiene ser foco de atención del tipo que sea, Fabito, que se acaba siendo como un plato de sushi en el escaparate de un restaurante japonés. Si estás bien expuesto, estás para, cómo diría… para que se interesen por tí, vaya. No vayas a culparnos por ello.
Pues bien, como todo lo bueno en esta vida, la perfección no puede ser unánime, y el napolitano de oro, feliz esposo de su razonablemente felicísima señora y padre de unos cuantos enanazos, jugando en el Turín, antes de descojonarse los sesamoideos y los metatarsianos disparando balones desde el césped merengue, hizo unas declaraciones que justificaron y justifican cualquier mohín de desaprobación que queramos hacerle: “Prefiero gustarle a las mujeres. No me agrada eso de que me elijan como ícono de la comunidad homosexual” y también: “Un jugador gay podría generar situaciones embarazosas, sobre todo en los vestuarios. Yo no conozco ningún futbolista homosexual y no creo que los haya, pero tarde o temprano aparecerá alguno”. Declaraciones con las que “Il Bello” se ganó con justicia el apelativo de homófobo, pero también el de troglodita y gilipollas.
Sin embargo, acabo de enterarme, vía VanityGay, esa publicación semidesconocida que pasó a ser grande de verdad gracias a la fina pluma de El Castigador, que quizás, desde que llegó a la Capital de España, Cannavaro piensa de otro modo. O eso, o pretende vendérnoslo así.











