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Ya de por sí es increíble que las autoridades de Moscú pongan todo tipo de trabas e incluso prohíban la celebración de manifestaciones LGBT en la capital rusa. Pero en el colmo de la locura homófoba, todavía es más increíble si cabe que en un estado que presume de ser una democracia, las autoridades del país acosen al organizador de las marchas LGBT.
Unas marchas que sin duda y visto lo visto,deben ser un peligro para la propia supervivencia del Estado ruso, por encima de los problemas de las mafias rusas, el terrorismo islámico, los incendios que han asolado Rusia este verano, el empobrecimiento de los ciudadanos rusos, o los conflictos que tiene abiertos Rusia en diversos territorios asitáticos.
Pero como digo, nada comparable al peligro de las marchas gays, que son prohibidas una y otra vez, y sobre todo, al peligro que provoca el activista LGBT Nikolái Alexéyev, auténtico corazón de la resistencia LGBT en Rusia, que acaba de denunciar que ha sido deportado a la ciudad de Minsk, y que está recibiendo fuertes presiones para que retire el recurso que presentó contra Rusia ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.
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