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Hace 32 años, Karol Wojtyla, que acababa de ser elegido comandante en jefe de la Iglesia Católica, tras la inesperada y sospechosa muerte de su predecesor Albino Luciani, anunció desde el balcón donde apareció por vez primera con hábitos papales: ‘No tengáis miedo’.
Wojtyla, preso de un régimen político opresor en su Polonia natal y ayudado en su ascenso por el Opus Dei, fue una revelación vitalista (tenía sólo 58 años cuando fue investido) en mundo con un pie en una optimista década de los 80 que traería el fin de la Guerra Fría con la muerte de la Union Soviética, el unilateralismo occidental, la alegre nadería en modas y modismos y la llegada de un monstruo con iniciales víricas, el SIDA.
Entre las aguas de un tímido progreso paralizado abruptamente con la muerte de Luciani y el agradecimiento del carismático Wojtyla a las fuerzas más retrógadas que le llevaron del catolicismo sumergido al trono de Pedro, hicieron del papado del anterior pontífice una interminable sucesión de exhibicionismo mediático, máscara de un conservadurismo comodón y castrista, que culminó con su rentable muerte el 2 de Abril de 2005. Jamás la Historia de la Iglesia conoció semejante pontificado superventas.
Tras su fallecimiento, aquellos que soñaron con un nuevo Emperador vaticano más descreído pero más abierto a las realidades del siglo XXI, desterrador de la vergonzante discriminación de la Mujer en la Iglesia, la tibieza en los compromisos con nuestro Planeta y la aceptación y reconocimiento en todos los niveles al Amor Homosexual se fueron al garete, cuando justamente el miembro más reaccionario del Colegio Cardenalicio, el temido purpurado alemán Joseph Ratzinger fue elegido con holgada mayoría, iniciándose así algo que quizás entonces no estaba tan claro, pero que cada vez resulta menos difuso: El comienzo del fin de la Iglesia Católica.
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