
Cuando vi el piloto de True Blood me pareció tan malo que decidí no seguir viendo la serie. Pero unas semanas después, entre los rumores de una trama vampírica gay y que un amigo insistió mucho en que la serie estaba bien, decidí darle una segunda oportunidad y lo cierto es que me alegro de haberlo hecho.
True Blood narra las aventuras de Sookie, una camarera sureña que puede oír los pensamientos de la gente –a la que da vida de forma sublime Anna Paquin -, y Bill – Stephen Moyer -, un vampiro que llega al pueblo para recibir una casa en herencia.
Los protagonistas de la serie viven en un mundo en el que los vampiros están ‘fuera del armario’ gracias a que ya no deben matar a gente para beber su sangre y poder sobrevivir, puesto que una empresa japonesa ha creado Tru Blood, una sangre sintética que es igual de nutritiva que la auténtica.
Los vampiros se alimentan de botellas de esta ‘nueva’ sangre y han empezado a demandar sus derechos como personas ‘normales’. Se trata de una metáfora que a veces se asemeja a la lucha gay, mientras que otras recuerda la lucha de los afroamericanos, con la salvedad, claro está, de que ni los gays ni las personas de raza negra han sido nunca conocidos por morder o matar a los demás, a diferencia de lo que ocurre con los vampiros tradicionales.