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En unos días, el Vaticano va a sacar a paseo el cadáver de Karol Wojtyla, el Papa Superventas que puso de moda aquello de ‘ir a ver al Papa’, para su beatificación. El ego superlativo del actor polaco quedó patente durante todo su largo reinado y suplió con ello sus múltiples carencias piadosas. Su incontrolable (y caro) afán exhibicionista, hizo que el culto a su persona escondiese su radical conservadurismo, tan absolumente opuesto al revolucionario Mensaje de Jesús de Nazareth. Huelga decir que a consecuencia de ello, Wojtyla fue el primer referente misógino y homófobo de la cultura occidental, rompiendo cartas y de qué modo, con la tradición liberal que iniciada por Juan XXIII y continuada por Pablo VI pese a la oposición brutal del sector vaticano más retrógado, terminó abruptamente con el inesperado fallecimiento de su antecesor, el erudito Juan Pablo I.
Las acertadas sospechas sobre la inesperada muerte de este último Papa, fueron una de las muchas cosas que Wojtyla se preocupó en velar. El Papa que vino del Este resultó ser el barrendero perfecto que un Vaticano podrido, como denunció Pablo VI, necesitaba, mientras que su antecesor, queriendo abrir ventanas, acabó siendo ejecutado, posiblemente, por las manos más oscuras de los intramuros del búnker católico. Wojtyla, enviando al siniestro conspirador Paul Marcinkus de vuelta a los Estados Unidos, sacudió el polvo de un tumor que hasta la fecha permanece perfectamente enquistado. Lo dicho, Wojtyla el barrendero perfecto.
Pero este barrido no fue el único. Un escándalo de grandes proporciones sacudió el Vaticano cuando la noche del 4 de Mayo de 1998, un joven guardia suizo de 23 años, Cédric Tornay, asesinó primero al teniente del cuerpo Alois Estermann y a su mujer Gladys Meza Romero, antes de suicidarse disparándose en la boca, tras hincarse de rodillas, en el apartamento de los primeros en la Ciudad del Vaticano. Según la versión oficial, el crimen fue obra de un joven trastornado. Pero hay quien asegura que la versión oficial miente y que el Vaticano, queriendo evitar un escándalo mayor, sentenció con ello un desenlace que se produjo, según otros, por un romance gay con final ciertamente trágico.
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