
Hace un par de entradas, El Castigador, entre aperitivos y noticias de alcance, se preguntaba: ¿Un colectivo comprometido? Adoro los posts que te hacen frenar y casi resbalar con tanta prisa hacia no sé dónde, llamándote la atención y preguntándote si el cacareado Día del Orgullo Gay no debería llamarse mejor Carnaval Gay, por ejemplo, porque como jornada festiva de los adoradores del exhibicionismo propio y ajeno o del efecto mediático de la llegada del Circo Marica a la ciudad, funciona cojonudamente bien, pero luego llega el día en que te sientas con tu sobrina para explicarle que más que tía, lo que tendrá con suerte, es tío, y esta te pregunta, con toda lógica, repito, con toda lógica, si tus calzoncillos son de cuero y te pintas la cara cuando sales de fiesta.
Porque eso es lo que ven la mayoría que saben de nuestra visibilidad a través del famoso Día y no mucho más, porque cuando surgen otras oportunidad de no disfrazarnos de lentejuelas, sino de reivindicar como se debe lo que se debe, salimos 1.500 mal contados. Seguramente fueron menos. Me juego el sueldo de un día, con lo jodido que es eso en tiempos de crisis.
Luego nos quejamos y vemos los enemigos que son, y los que queremos ver, y a cada palo lo bienvenimos como homófobo, porque para la fiesta y la queja somos únicos, y cansinos, qué carajo. No soy el único que está harto de eso, ¿verdad? Me juego el sueldo de un segundo día.
El cine acaba de popularizar en todos sitios a Harvey Milk, gracias a la batuta de Gus Van Sant, y la acertada pluma del adorable, y este sí, reivindicativo, Dustin Lance Black. La película, siendo importante, sin embargo juega una carta tramposa: Dibuja a Dan White, el asesino de Milk, como homófobo, y por tanto su asesinato como un crimen de odio. Y eso es mentira.