
Cuando eramos pequeños y no había tanta videoconsola ni internet (¿había vida antes de internet?) veíamos la tele. Y digo la tele porque sólo había una. Porque en el UHF no echaban dibujos. El caso es que los sábados al mediodía veíamos David el Gnomo, Astrako era el paradigma de la moda plateada y la sintonía del Planeta Imaginario marcaba nuestras meriendas.
Y jugábamos mucho. En la calle, en casa, en el patio del recreo jugábamos con otros niños. Jugábamos a lo que veíamos en la tele. Y de jugar a esas series de dibujos surgían nuestras primeras divas maricas. Esas damas de la pequeña pantalla que llenaban nuestro corazón y nos hacían sentir damiselas en apuros para que el chico guapo de la clase nos salvara.
Hoy vamos a repasar a cinco de esas divas que marcaron mi infancia y quizás también la tuya.

Empezamos por la más clásica. Penélope Glamour tiene un nombre de prostituta sesentera y el apellido más chic de la historia. Eso, amigas, es una diva gay. Vestida de rosa y blanco y con el coche más cuco de la historia de los coches. Mientras que tus amigos heteros querían ser Pedro Bello o Mafio y sus pandilleros, tú aspirabas a tener un coche con sombrilla para maquillarte como una reina.
Cuando a los 18 te sacaste el carnet te diste cuenta que un Twingo rosa era demasiado marica. Pero la primera canción que sonó fue de Christina Rosenvinge a todo trapo, mientras te sentías la reina de la carretera.

Rainbow Brite era demasiado marica, hasta para ti, así que cuando se jugaba a los He-Mans, porque nadie decía Los Masters del Universo. Todos querían ser alguno de los musculados defensores de Greyskull. Menos tú, que sacabas tu faceta más machorra y querías se She-Ra. La gemelísima de He-Man. Así tenías todo a lo que has aspitado en esta vida: unas piernas largas, un vestidito monísimo, una melena rubia y un caballo alado.

Y en los 90 llegaron los Caballeros del Zodiaco a VIP Guay. Rita Irasema no cuenta como diva, lo sentimos. Pero Atenea sí. La aletargada diosa griega era el personaje perfecto para hacerte la tontita a la que el guapísimo Seiya salvaba. Porque se podía ser Marin, el Águila, pero desde luego no tenía el glamour divino de Saori. Esa melenaza, ese vestido vaporoso y ser tremendamente millonaria. Una especie de Paris Hilton de los Guerreros de Plata, vaya.

Si Lisa, la mujer de David el Gnomo, era mayor como y sabia como Cher, pues Juliette, la de novia de D’Aratcan, era joven e inocente como Britney. Cada uno de tus amigos de la plaza era un mosqueperro y tú, que aún no eras tan marica mala como para ser Milady. Y Juliette, que era muy perra, pues sabía ser la auténtica damisela en apuros, en una edad especial y fantasía en el pelo.

Y acabamos con la más grande de todas: Romy. La que fuera amante de Willy Fog era el paradigma del marica. Todos los heteros del recreo querían ganar apuestas millonarias o ser graciosos compañeros con acento andaluz. Pero tú preferías ser Romy, ser felino, elegante, sinuoso, bien de velos, bien de joyas exóticas. Como buena diva marica, teniendo un pasado tormentoso, una familia y un pueblo que la querían quemar viva…. ¿hay algo más marica? Salvada por un héroe barbudo, tú aspirabas que ese profesor de barba cerrada y pecho peludo te salvará. Así has ido luego, loca en el Strong con el primero oso que te decía ‘hola’.
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