Cochino es el que hace cochinadas

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Hace un tiempo, un amigo más bien tirando a conservadorcillo, hasta el punto de que me juego mucho que si fuera hetero sería homófobo, me contaba su revolcón con un desconocido. En un momento dado me dijo que hicieron algo que no sabía si decirme porque era como guarro. Cuando ya me temía escuchar que había estado haciendo gárgaras con el fruto de la mala digestión del otro, me desveló el enigma: Mientras se besaban, su amante espontáneo le metió el dedo en el culo… Le mandé a conocer mundo.

Otro más, un argentino bajito pero tremendamente morboso, moreno, de tobillos anchos, fleco negro largo y ojos almendrados, me confesó, con mueca de asco, frente a una cerveza que no le acababa de pasar, del escupitajo en la cara que le soltó un brasileño musculoca mientras le petaba las bambas a ritmo de Orishas. Mientras me solidarizaba con él con una negación muda, me aseguraba a mí mismo, sin embargo, que la espontanea gargajada en cara ajena había cegado de vicio al carioca sin duda.

Y es que, si jamás en un restaurante te tirarías un pedo aún muriéndote de ganas, o si en el metro hay quien lo hace distrayendo la atención de otros con un gesto severo mientras consulta la sección de economía, en la cama, Mayo del 68 se queda pequeño, porque la peña se revoluciona a gusto dando rienda suelta al libre albedrío de nuestra faceta menos esterilizada. Y si hay consenso, cojonudo, que ya llegará al orgasmo y si hice no sé qué no me acuerdo o no me quiero acordar. El pero viene cuando se guarrea a disgusto del otro.

Parafraseando a Forrest Gump, cochino es el que hace cochinadas, pero las cochinadas, como las tonterías lo son o no dependiendo del contexto, y hay pocos momentos de contexto más difuso que una cama con gente dentro comiéndose cosas. Y por lo que sea, las guarrerías, de la escala guarra que sea, nos ponen porque son transgresoras, o porque a lo mejor Freud tenía razón y la nostalgia o lo que sea por la fase Sádico Anal nos hace sanísimos cerdillos y perdemos la cabeza, y venga, dale.

Alguien me dijo que la razón por la que le enloquecía comer pollas provenía del hecho de pensar mientras mamaba que tenía en la boca aquello con lo que el otro hacía pipí y otro más, que si el culo olía a sudor de culo ya se moría vivo, y otro más que moría por lo sobaquillos con ligero olor a taxista en jornada continua con el aire acondicionado roto. Otro me contó sus fantasías incumplidas una vez durante una cena. El camarero, más adelante me preguntó si no me había gustado la comida porque quedó casi toda en el plato. Preferí no explicarme demasiado. Mi instinto solidario optó por no joderle el estómago a alguien más aquella noche.

El sexo es lo que tiene, que es un mundo aparte y las reglas de conducta apañá se quedan del somier para afuera, y o lo asumes o sigue mi consejo, porque no queda otra: Corre, Forrest.

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